La conspiración LSH

I.

En un mundo segregado por culturas, religiones y hasta ideologías políticas, el gobierno del país más poderoso —los Estados Unidos— necesitaba algo que uniera a la gente. Un arma definitiva para controlar la mente de las masas.

El gobierno de Bush, había cometido ya muchos errores que no se podían enmendar. Guerras sin sentido, matanzas silenciosas, crímenes contra la Tierra. Se habían ganado enemigos por todos los sectores. La única salida del gobierno era desviar la atención hacia algo más.

—No deben tardar mucho en llegar, señor— le decía el agente Morgan al presidente de la nación.
Sonó la puerta. Las tres mujeres entraron a la cámara presidencial.

—Agentes, ¡qué gusto el tenerlas aquí!

—Señor, el gusto es nuestro. Pero dígame, ¿a qué se debe su llamada?

—Agente L, siempre tan directa. Esa es una cualidad, cuídela mucho. Verán, como ustedes saben, estos meses han sido difíciles para mí. La tensión ha subido mucho, ya por todos lados me llueven balas.

—Claro, estamos al tanto de todo eso.

—Bien. Necesitamos algo que distraiga a la gente de este caos. Ustedes tres se han mezclado con la sociedad desde hace años. La sociedad las conoce; lo que es más, las ama.

Mientras aquellas palabras recorrían la habitación, el agente Morgan admiraba a las tres agentes. Era increíble que aquellas mujeres tan hermosas tuvieran un cociente intelectual mayor a 170. Morgan era relativamente nuevo en el trabajo; por lo que sólo había escuchado algunas historias de esas tres agentes. Sabía de su belleza, pero no tenía idea de quiénes eran. Sus nombres eran secreto de estado, y ahora él las conocía. Y las conocía de hace mucho tiempo.

—Lo que quiero que hagan, señoritas, es que llamen la atención por todos los medios. Hagan cuánto sea necesario.

—¡Todo menos perder mi hermosa cabellera rubia!

—Si eso es parte del plan, agente S, tendrá que hacerlo. No ande con narcisismos que el interés del gobierno es mayor.

—Discúlpeme.

—¡Manos a la obra, quiero que de aquí a tres meses la gente hable de ustedes y se olvide de todo lo demás!

II.

Transcurrieron tres meses. Las agentes L, H y S habían cumplido con su misión. La misión había sido un éxito rotundo.

A las 7 de la noche Eugenio y Arturo, hermano mayor y menor (respectivamente), estaban en la sala. La televisión estaba encendida en el noticiero de la prensa rosa. Eugenio leía desde su ordenador, que estaba conectado a Internet por Wifi, un artículo sobre el mal manejo de Bush de los recursos naturales de su país.

—Arturo, mira: Que el Bush ha malgastado los recursos de este país en guerras estúpidas, según para beneficio de los intereses de su…

—Calla y vente. La Lindsay Lohan ha salido en bañador a la playa y se le cayó el top. Están pasando el video.

Eugenio apaga su ordenador, y va corriendo rumbo a la televisión. Se sienta al lado de Arturo y mira muy atento.

—No, no, no. A mí se me hace que está mejor la Britney. ¿Te enteraste de que anduvo de juerga con Paris Hilton? (pronuncia Paris Hilton como si del demonio se tratara)

—¿Britney? ¡Pero si está más fea que un burro! Aparte la muy mensa se rapó.

—Tienes razón. Esas tres son unas brutas. Pero a qué buenas están.

—Sí. Ah, espera, ¿qué me decías?

—Ya no me acuerdo…

Eugenio y Arturo siguieron viendo la televisión, hasta que Eugenio se cansó y se fue a dormir.
Lo habían hecho otra vez. El gobierno tenía el control de los pensamientos de su pueblo. Tan sólo necesitaba de la ayuda de las tres agentes estrella: Lindsay, Spears y Hilton.

La crisis de los celulares

Me levanté, muy a mi pesar, a las 6 am. En el trabajo había inspección y lo mejor era que llegase temprano. El sol aún no se había asomado. Desayuné lo poco que había en el refrigerador y tomé un baño, antes de partir rumbo al centro.

Parecía que hoy estaba de suerte. No había tráfico, ni un solo auto. Llegué con media hora de anticipación al trabajo. Y nada. Las oficinas de Notimex, la agencia periodística donde trabajo, estaban completamente vacías. Corrí por los pasillos, no había ni un alma. Algo muy extraño en un lunes, que además de ser día de inspección, era cuando más noticias había que publicar.

Estaba confundido, quizá asustado. Salí a las calles, seguían desiertas, aún cuando el reloj marcaba las 8 am. Viajé por los alrededores, en mi auto, y la ciudad estaba toda tranquila, parecía que había sido desalojada. Fui al puesto de periódico de Don Arturo, mi compadre. Lo encontré ahí, tirado, muerto. Resolví a pedir ayuda, en las casas cercanas, pero no me abrían. Entré a una de ellas, que estaba cerrada sin cerrojo y estaba toda la familia dormida. Al menos eso creí, pues tras varios intentos de despertarlos comprobé que estaban muertos.

De pronto, la voz de un niño que gritaba calmó mi alma —el saber que no estaba sólo me dio momentos de tranquilidad—. Fui a donde procedía el sonido.

—Niño, ¿qué te pasa? ¿Está todo bien?—Pregunté al crío.
—No, señor, mi mamá… mi papá… están muertos—Contestó, llorando.

Lo seguí hasta llegar a una casa pequeña, amarilla. El niño me dirigió a la que parecía ser la recámara de sus padres. Había dos cuerpos inmóviles, sin vida, en la cama. Eran sus padres. No tenían marcas de golpes, ni nada singular. El miedo invadió mi cuerpo. Abandoné la casa, dejando a su suerte al pobre infante.

Mi andar se detuvo tras hacer impacto con un vagabundo. Tras disculparme, iniciamos una charla.

—Oiga, ¿usted sabe qué está pasando?—
—Son esas cosas… esos aparatos infernales. Siempre supe que no le iban a traer ningún bien a la humanidad. Por desgracia, hace poco compré uno. Es por eso que yo ya estoy contamina…—

No terminó la frase, cayó al suelo antes, pero el final era evidente. Había algo que estaba matando a las personas, pero no tenía idea de qué era. ¿La televisión? ¡No! Yo veía mucha televisión y seguía vivo. Tampoco podían ser las computadoras, ya que pasaba horas frente a ellas. Entonces me di cuenta de que sólo había un aparato muy usado que nunca me había gustado, había sido reacio a su uso.

—¡Son los celulares, ellos son!— Grité, al tiempo que buscaba al niño. Lo encontré llorando en el cuarto de sus padres.

—Niño, cálmate, tengo una pregunta muy importante que hacerte: ¿tienes celular?—Musité, mientras sostenía los hombros del niño con mis manos.

—No, mis padres eran muy pobres y decían que no podían comprarme uno, pero ellos si tenían ¿por qué?—
—Ya lo sospechaba. Son ellos. Los celulares están matando, o qué se yo, ya mataron a todas las personas.—

Supe entonces que debía buscar más información. En las oficinas de Notimex, investigué sobre pasados ensayos sobre el uso del celular y sus riegos. Todos los trabajos me llevaban al nombre Luís Nava Muñoz. Era un científico que vivía en las afueras de la ciudad, en medio del bosque. Así pues, emprendí un viaje hacia aquel bosque, a la casa de aquel hombre que había investigado tanto de celulares.

Toqué a la puerta. Me recibió un hombre alto, algo encorvado, de aspecto demacrado, con toques de demencia en su semblante.

—¿Es usted Luís Nava Muñoz, el científico que predijo los efectos de los celulares en la humanidad?—
—Soy yo, si viene a burlarse de mis investigaciones, debe saber que…—
—No, he venido porque usted tenía razón. La ciudad ha quedado vacía, los celulares han acabado con las vidas de todos.—

Proseguí a contarle lo poco que sabía. El científico me explicó que hace muchos años, él había realizado unas pruebas que indicaban que los celulares emitían unas ondas electromagnéticas que, a largo plazo, interferían con el cerebro, causando la muerte.

—¿Saben por qué vivo en el bosque? ¡Para permanecer alejado de esas infernales máquinas! Ustedes han estado en contacto con ellas, aunque fuese indirectamente, así que tendré que asesinarlos de una vez—Enunció el científico, y desenfundó una pistola.

Ni siquiera tuve tiempo de huir. Sentí como la bala penetraba mi cabeza. Caí y, por unos instantes, seguía escuchando la risa diabólica de aquel hombre…

—¿Otra ves durmiendo en el trabajo?—Pronunció Manolo, a viva voz. Me levanté con pesadez.
—Perdón, estaba teniendo una pesadilla muy peculiar—Contesté.
—Ah, mira, aquí te traigo el celular que tanto deseabas—Dijo mi amigo, colocando el aparatejo a la mitad de la mesa donde dormía.

—¡Qué bien! Ya me estaba haciendo a la idea de cómo sería la vida sin celular.