La crisis de los celulares

Me levanté, muy a mi pesar, a las 6 am. En el trabajo había inspección y lo mejor era que llegase temprano. El sol aún no se había asomado. Desayuné lo poco que había en el refrigerador y tomé un baño, antes de partir rumbo al centro.

Parecía que hoy estaba de suerte. No había tráfico, ni un solo auto. Llegué con media hora de anticipación al trabajo. Y nada. Las oficinas de Notimex, la agencia periodística donde trabajo, estaban completamente vacías. Corrí por los pasillos, no había ni un alma. Algo muy extraño en un lunes, que además de ser día de inspección, era cuando más noticias había que publicar.

Estaba confundido, quizá asustado. Salí a las calles, seguían desiertas, aún cuando el reloj marcaba las 8 am. Viajé por los alrededores, en mi auto, y la ciudad estaba toda tranquila, parecía que había sido desalojada. Fui al puesto de periódico de Don Arturo, mi compadre. Lo encontré ahí, tirado, muerto. Resolví a pedir ayuda, en las casas cercanas, pero no me abrían. Entré a una de ellas, que estaba cerrada sin cerrojo y estaba toda la familia dormida. Al menos eso creí, pues tras varios intentos de despertarlos comprobé que estaban muertos.

De pronto, la voz de un niño que gritaba calmó mi alma —el saber que no estaba sólo me dio momentos de tranquilidad—. Fui a donde procedía el sonido.

—Niño, ¿qué te pasa? ¿Está todo bien?—Pregunté al crío.
—No, señor, mi mamá… mi papá… están muertos—Contestó, llorando.

Lo seguí hasta llegar a una casa pequeña, amarilla. El niño me dirigió a la que parecía ser la recámara de sus padres. Había dos cuerpos inmóviles, sin vida, en la cama. Eran sus padres. No tenían marcas de golpes, ni nada singular. El miedo invadió mi cuerpo. Abandoné la casa, dejando a su suerte al pobre infante.

Mi andar se detuvo tras hacer impacto con un vagabundo. Tras disculparme, iniciamos una charla.

—Oiga, ¿usted sabe qué está pasando?—
—Son esas cosas… esos aparatos infernales. Siempre supe que no le iban a traer ningún bien a la humanidad. Por desgracia, hace poco compré uno. Es por eso que yo ya estoy contamina…—

No terminó la frase, cayó al suelo antes, pero el final era evidente. Había algo que estaba matando a las personas, pero no tenía idea de qué era. ¿La televisión? ¡No! Yo veía mucha televisión y seguía vivo. Tampoco podían ser las computadoras, ya que pasaba horas frente a ellas. Entonces me di cuenta de que sólo había un aparato muy usado que nunca me había gustado, había sido reacio a su uso.

—¡Son los celulares, ellos son!— Grité, al tiempo que buscaba al niño. Lo encontré llorando en el cuarto de sus padres.

—Niño, cálmate, tengo una pregunta muy importante que hacerte: ¿tienes celular?—Musité, mientras sostenía los hombros del niño con mis manos.

—No, mis padres eran muy pobres y decían que no podían comprarme uno, pero ellos si tenían ¿por qué?—
—Ya lo sospechaba. Son ellos. Los celulares están matando, o qué se yo, ya mataron a todas las personas.—

Supe entonces que debía buscar más información. En las oficinas de Notimex, investigué sobre pasados ensayos sobre el uso del celular y sus riegos. Todos los trabajos me llevaban al nombre Luís Nava Muñoz. Era un científico que vivía en las afueras de la ciudad, en medio del bosque. Así pues, emprendí un viaje hacia aquel bosque, a la casa de aquel hombre que había investigado tanto de celulares.

Toqué a la puerta. Me recibió un hombre alto, algo encorvado, de aspecto demacrado, con toques de demencia en su semblante.

—¿Es usted Luís Nava Muñoz, el científico que predijo los efectos de los celulares en la humanidad?—
—Soy yo, si viene a burlarse de mis investigaciones, debe saber que…—
—No, he venido porque usted tenía razón. La ciudad ha quedado vacía, los celulares han acabado con las vidas de todos.—

Proseguí a contarle lo poco que sabía. El científico me explicó que hace muchos años, él había realizado unas pruebas que indicaban que los celulares emitían unas ondas electromagnéticas que, a largo plazo, interferían con el cerebro, causando la muerte.

—¿Saben por qué vivo en el bosque? ¡Para permanecer alejado de esas infernales máquinas! Ustedes han estado en contacto con ellas, aunque fuese indirectamente, así que tendré que asesinarlos de una vez—Enunció el científico, y desenfundó una pistola.

Ni siquiera tuve tiempo de huir. Sentí como la bala penetraba mi cabeza. Caí y, por unos instantes, seguía escuchando la risa diabólica de aquel hombre…

—¿Otra ves durmiendo en el trabajo?—Pronunció Manolo, a viva voz. Me levanté con pesadez.
—Perdón, estaba teniendo una pesadilla muy peculiar—Contesté.
—Ah, mira, aquí te traigo el celular que tanto deseabas—Dijo mi amigo, colocando el aparatejo a la mitad de la mesa donde dormía.

—¡Qué bien! Ya me estaba haciendo a la idea de cómo sería la vida sin celular.

4 comentarios

Mariela!~ dijo:

A mi me cagan los celulares.

Sargentomon dijo:

nomas lo dicen porque no tienen celular…

Otháner dijo:

Bueno,.. qué digo bueno, buenísimo el post!!

Por cierto, me encantó este theme que le pusiste al blog.. un saludo!

Enrique Vázquez Cervantes dijo:

Gracias, Otháner. Por el comentario y por agregarme a tu blogroll :)

Recién termine el theme, veré que estés en mi blogroll :P

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